Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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—Qué precioso día… está hecho especialmente para nosotras —dijo Diana—. Pero me parece que no durará mucho; mañana tendremos lluvia.

—No importa. Beberemos de su belleza hoy, aunque mañana la luz de su sol se haya ido. Disfrutaremos de nuestra amistad aunque debamos separarnos mañana. Mira esas colinas largas, de ese verde dorado… esos valles con su azul de neblina. Son nuestros, Diana… no me importa si aquella colina pertenece a Abner Sloane… hoy es nuestra. Hay viento del oeste: va a ser un día perfecto.

Y así fue. Recorrieron todos los queridos lugares de antes: el Sendero de los Amantes, el Bosque Encantado, Idlewild, el Valle de las Violetas, el Sendero del Abedul, el Lago de Cristal. Había algunos cambios. Los pequeños abedules de Idlewild —donde hacía tanto tiempo habían tenido una casita de muñecas— se habían convertido en árboles adultos; el Sendero del Abedul, no hollado en tanto tiempo, estaba recubierto de helechos; el Lago de Cristal había desaparecido por completo y dejado apenas un hueco húmedo y musgoso. Pero el Valle de las Violetas estaba púrpura debido a las flores y el vástago de manzano que Gilbert había hallado una vez en lo más profundo del bosque era un árbol inmenso moteado de diminutos capullos terminados en puntas rojas.


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