Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Pasó una mala noche complicada con lo que Susan llamaba «una tortícolis en la nuca», y por la mañana se sentía tan brillante como una franela gris, pero por la noche fue una anfitriona alegre y galante. La fiesta fue un éxito. Todos se divirtieron mucho. Stella, sin duda. Ana pensó que Alden se ocupó de ello casi se diría con demasiado ímpetu para lo que requerirían las buenas formas. Era un poco excesivo para un primer encuentro el que Alden se llevara a Stella a un rincón oscuro de la galería y la mantuviera allí una hora entera. Pero en términos generales, Ana estaba satisfecha cuando, a la mañana siguiente, reflexionó sobre todo lo ocurrido. Cierto que la alfombra del comedor estaba prácticamente arruinada por dos platos con helado que le habían caído encima y por una porción de torta pisoteada sobre ella; los candelabros de cristal Bristol, de la abuela de Gilbert, se habían hecho añicos; alguien había volcado un balde con agua de lluvia en una de las habitaciones, y el agua había pasado para abajo y había empapado y decolorado horriblemente el techo de la biblioteca; las borlas del sofá grande estaban medio arrancadas; el gran helecho de Boston, orgullo del corazón de Susan, al parecer había servido de asiento a una persona grande y pesada. Pero en el haber estaba el hecho de que, a menos que las señales fallaran, Alden se había enamorado de Stella. Ana pensó que el balance era favorable.