Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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La suerte no abandonó a Ana. La Sociedad Auxiliar Misionera Femenina le pidió que visitara a la señora de George Churchill para pedirle su contribución anual. La señora Churchill rara vez iba a la iglesia y no era miembro de la Sociedad, pero «creía en las misiones» y siempre daba una suma generosa, si alguien iba a pedírsela. A la gente le gustaba tan poco hacerlo, que los miembros se turnaban, y este año le tocaba ir a Ana.

De modo que una noche, tomó una senda llena de margaritas a través de terrenos que llevaban, cruzando la dulce y fresca cima de una colina, hasta el camino donde estaba la granja de los Churchill, a un kilómetro y medio de Glen. Era un camino bastante aburrido, con cercos que parecían serpientes grises que subían pequeñas lomas, pero tenía casas iluminadas, un arroyo, el aroma de los campos de heno que corren hasta el mar y jardines. Ana se detenía a mirar cada jardín. Su interés en los jardines era perenne. Gilbert solía decir que Ana tenía que comprar un libro si veía la palabra «jardín» en la tapa.




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