Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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Jem bajó de puntillas y se acurrucó sobre el sofá. Veía Glen. La luna llenaba con su magia los agujeros entre las dunas blancas y nevadas. Los grandes árboles, que eran tan misteriosos durante la noche, extendían los brazos alrededor de Ingleside. Oyó todos los ruidos nocturnos de una casa… una madera que cruje… alguien que se da vuelta en la cama… el crujido y la caída de los carbones en el hogar… la carrerita de un ratoncito en un armario. ¿Eso era una avalancha? No, sólo nieve que se deslizaba desde el techo. La casa estaba un poco sola… ¿por qué no venía Susan? Si tuviera a Gyp ahora… querido Gyppy. ¿Había olvidado a Gyp? No, no olvidado, exactamente. Pero ahora no dolía tanto pensar en él; uno pensaba en otras cosas la mayor parte del tiempo. Que duermas bien, perrito querido. Tal vez algún día tuviera otro perro, después de todo. Le gustaría tener uno en ese momento… o a Camarón. Pero Camarón no estaba. ¡Gato egoísta! ¡No pensaba más que en lo que le interesaba a él!







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