Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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20

Cuando Gilbert y Ana fueron a cenar con unos amigos a Charlottetown una noche, a fines de marzo, Ana se puso un vestido nuevo color verde hielo, con adornos plateados en el cuello y las mangas, el anillo de esmeralda de Gilbert y el collar de Jem.

—¿No tengo una esposa preciosa, Jem? —preguntó papá, orgulloso.

A Jem mamá le parecía preciosa, y el vestido, muy bonito. ¡Qué bonitas quedaban las perlas en su cuello blanco! A él le gustaba ver siempre bien vestida a mamá, pero le gustaba todavía más cuando el vestido no era muy despampanante. Éste la había transformado en una extraña. No era mamá.

Después de comer, Jem fue al pueblo a hacer una diligencia para Susan y fue mientras esperaba en el negocio del señor Flagg (con algo de temor de que apareciera Sissy, como hacía a veces, y estuviera demasiado amable con él), cuando recibió el gran golpe… el espantoso golpe de la desilusión que es tan terrible para un niño porque es tan inesperado y en apariencia tan ineludible.

Había dos muchachas mirando la vidriera donde el señor Carter Flagg exhibía los collares, las pulseras de cadena y las hebillas para el pelo.

—¿No son bonitos esos collares de perlas? —dijo Abbie Russell.

—Parecen de verdad —dijo Leona Reese.


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