Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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Abril llegó de puntillas, hermoso, con mucho sol y suaves brisas durante algunos días, hasta que una tormenta de nieve que venía del nordeste volvió a echar un manto blanco sobre el mundo. «La nieve en abril es horrible —se dijo Ana—. Es como una bofetada cuando se espera un beso». Ingleside estaba orlada de carámbanos y, durante dos largas semanas, los días fueron fríos y las noches heladas. Luego la nieve comenzó a desaparecer sin muchas ganas, y cuando llegó la noticia de que alguien había visto al primer petirrojo en el Pozo, Ingleside recuperó el ánimo y osó creer que el milagro de la primavera de verdad volvería a suceder.

—¡Ay, mamá, hoy huele a primavera! —exclamó Nan encantada, oliendo el aire fresco y húmedo—. Mamá, ¿no es cierto que la primavera es una época excitante?

La primavera intentaba sus primeros pasos ese día, como un bebé que aprende a caminar. La estampa invernal de árboles y campos comenzaba a dejarse cubrir por un asomo de verde y Jem otra vez había traído las primeras anémonas. Pero una señora enormemente gorda, hundida en uno de los silloncitos de Ingleside, jadeante, suspiraba y decía con tristeza que las primaveras no eran tan lindas ahora como cuando ella era joven.

—¿No le parece que tal vez el cambio esté en nosotros… y no en las primaveras, señora Mitchell? —preguntó Ana, con una sonrisa.


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