Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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22

—Usted se lo buscó, mi querida señora —dijo Susan, que había escuchado casi toda la conversación mientras pulía la platería en la despensa.

—¿Verdad que sí? Ah, Susan, pero yo quiero escribir ese obituario. Me simpatizaba Anthony Mitchell, aunque lo vi muy pocas veces, y estoy segura de que se revolvería en la tumba si le escribieran un panegírico como los que aparecen en el Daily Enterprise. Anthony tenía un muy poco conveniente sentido del humor.

—Anthony Mitchell era un muchacho excelente cuando era joven, mi querida señora. Aunque un poco soñador, decían. No era todo lo emprendedor que Bessy Plummer hubiera querido, pero llevaba una vida decente y pagaba sus deudas. Claro que se casó con la muchacha que menos le convenía. Lo que pasa es que aunque ahora Bessy Plummer parece una tarjeta postal cómica, en esa época era muy linda. Algunas de nosotras —concluyó Susan con un suspiro— no tenemos ni eso para recordar.

—Mamá —dijo Walter—, los dragoncillos están saliendo todos juntos alrededor del patio de atrás. Y dos petirrojos empezaron a hacerse un nidito en el alféizar de la ventana de la despensa. Los vas dejar, ¿verdad, mamá? ¿No vas a abrir la ventana para que no se asusten y se vayan, verdad?


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