Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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Don Petirrojo había dejado de subsistir alimentado exclusivamente con gusanos y ahora comía arroz, maíz, lechuga y semillas de capuchinas. Había crecido muchísimo… el «gran petirrojo» de Ingleside se estaba haciendo famoso en la comarca… y el pecho se le había puesto de un hermoso color rojo. Se posaba en el hombro de Susan y la miraba tejer. Volaba a recibir a Ana cuando ella volvía a casa, y entraba en la casa dando saltitos antes que ella; todas las mañanas iba al alféizar de la ventana de Walter a buscar miguitas de pan. Se daba su baño diario en un recipiente en el patio de atrás, en la esquina del cerco de eglantina, y armaba un soberano escándalo si no encontraba agua en su bañera. El doctor se quejaba de que sus lapiceras y fósforos estaban siempre diseminados por toda la biblioteca, pero no encontraba a nadie que se condoliera de él, e incluso se rindió cuando un día Don Petirrojo se posó valientemente en su mano para comerse una semilla de flor. Todos estaban fascinados con Don Petirrojo, con la posible excepción de Jem, que había entregado su corazón a Bruno, y lenta pero ciertamente estaba aprendiendo una amarga lección: que se puede comprar el cuerpo de un perro pero no su cariño.



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