Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Fue la vida, no la muerte, lo que llegó a Ingleside en lo más tenebroso de la noche. Los niños, dormidos por fin, debieron de sentir incluso en sueños que la Sombra se había ido tan silenciosa y rápidamente como había llegado. Pues cuando despertaron, en un día con una bienvenida lluvia, tenían la luz del sol en los ojos. Casi no fue necesario que una Susan diez años más joven les diera la buena noticia. La crisis había pasado y mamá sobreviviría.
Era sábado, de modo que no había clases. No podían estar fuera, aunque les encantaba la lluvia. Pero el agua caía a cantaros y tuvieron que quedarse dentro de la casa. Pero nunca habían sido más felices. Papá, que casi no dormía desde hacía una semana, se había tendido en la cama del dormitorio de huéspedes a dormir una profunda siesta… no sin antes enviar un mensaje de larga distancia a una casa de tejas verdes en Avonlea, donde dos ancianas señoras temblaban cada vez que sonaba el teléfono.
