Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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—De ninguna manera —dijo el doctor Blythe, en un tono que Jem entendía.

Jem sabía que no había esperanzas de que papá cambiara de idea o de que mamá intentara convencerlo. Era evidente que en este punto mamá y papá estaban unidos. Los ojos color avellana de Jem se ensombrecieron de rabia y desilusión cuando miró a sus crueles padres, cuando los miró con odio, y cada vez con más odio al comprobar que ellos, exasperantemente indiferentes a las miradas de él, seguían comiendo como si no hubiera pasado nada ni hubiera nada fuera de lo común. La tía Mary María sí vio su mirada, por supuesto; nada escapaba jamás a los apesadumbrados ojos celestes de la tía Mary María, pero pareció que le hacía gracia.

Bertie Shakespeare Drew había estado toda la tarde jugando con Jem, Walter había ido a la vieja Casa de los Sueños a jugar con Kenneth y Persis Ford…, y Bertie Shakespeare le había dicho a Jem que todos los chicos de Glen iban a Harbour Mouth ese atardecer a ver cómo el capitán Bill Taylor le tatuaba una serpiente en el brazo a su primo, Joe Drew. Él, Bertie Shakespeare, iría, ¿Jem no quería ir también? Sería muy divertido. Jem se volvió loco por ir, y ahora acababan de decirle que ni lo pensara.


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