Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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Gilbert había tenido que ir a hacer una visita y Ana, sola en su cuarto, se sentó frente a la ventana para disfrutar de unos minutos de comunión con la ternura de la noche y para deleitarse en el delicioso embrujo de su dormitorio iluminado por la luz de la luna. «Digan lo que digan —pensó—, siempre hay algo de extraño en una habitación iluminada por la luna. Cambia toda su personalidad. No es tan amistosa… tan humana, sino que se vuelve distante, remota, envuelta en sí misma. Casi parece considerarme una intrusa».

Estaba un poco cansada después del día tan agitado y todo estaba tan tranquilo ahora… los niños se habían dormido e Ingleside había recuperado la paz. No había el menor sonido en la casa, salvo un débil y rítmico ruido en la cocina, donde Susan amasaba el pan.

Pero a través de la ventana abierta, llegaban los sonidos de la noche, cada uno de los cuales Ana conocía y amaba. Risas bajas llegaban desde el puerto en el aire quieto. Alguien cantaba en Glen y sonaba como las notas recurrentes de alguna canción escuchada hace ya mucho. Había plateados senderos dibujados por la luz de la luna sobre el agua pero Ingleside estaba inmerso en sombras. Los árboles susurraban «oscuras palabras antiguas» y un búho chistaba en el Valle del Arco Iris.


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