Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Rilla estaba sentada en los escalones de la galería de Ingleside, con una pierna cruzada sobre la otra, enseñando las deliciosas rodillitas regordetas y atezadas por el sol, muy ocupada en ser desdichada. Y si alguien pregunta por qué una criaturita tan mimada puede ser desdichada, es que el que pregunta habrá olvidado su propia infancia, cuando las cosas que son naderías para los adultos son oscuras y terribles tragedias para un niño. Rilla estaba hundida en las profundidades de la desolación porque Susan le había dicho que iba a hacer una de sus tortas de oro y plata para la función del orfanato de esa tarde, y ella, Rilla, debía llevarla a la iglesia por la tarde.
No me pregunten por qué Rilla prefería morirse antes que llevar una torta a través del pueblo hasta la iglesia presbiteriana de Glen St. Mary. A veces, a los niños se les meten cosas raras en las cabezas y eso le había pasado a Rilla, que pensaba que era una vergüenza y una humillación que la vieran llevando una torta adonde fuere. Tal vez porque un día, cuando ella no tenía más de cinco años, había visto a la vieja Tillie Pake llevando una torta por la calle, y todos los niños del pueblo iban detrás, burlándose de ella. La vieja Tillie vivía en Harbour Mouth y era una vieja muy sucia y harapienta. Los chicos le cantaban:
La vieja Tillie Pake
ha robado una torta
