Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Los niños de Ingleside jugaban juntos y caminaban juntos y tenían todo tipo de aventuras juntos, y cada uno de ellos tenía, además, su propia vida interior de sueños y fantasías. En especial Nan, quien desde el principio se había armado un drama secreto con todo lo que oía, veía o leía, y habitaba reinos de maravilla y fantasía cuya existencia no sospechaba el círculo de su familia. Al principio, tejía paisajes de duendes y elfos que bailaban en valles encantados y dríadas que danzaban en los abedules. Ella y el gran sauce próximo al portón se habían contado secretos entre susurros, y la vieja casa vacía de los Bailey, en el extremo del Valle del Arco Iris, eran las ruinas de una torre embrujada. Durante semanas, Nan podía ser la hija de un rey, presa en un castillo solitario a la orilla del mar… durante meses, era una enfermera en una colonia de leprosos en la India o alguna otra tierra «muy, muy lejos». «Muy, muy lejos» habían sido siempre palabras mágicas para Nan, como una débil música en una colina ventosa.
A medida que crecía, fue construyendo sus fantasías sobre personas reales que veía en su pequeño mundo. En especial, las que veía en la iglesia. A Nan le gustaba mirar a la gente en la iglesia porque todo el mundo estaba tan bien vestido. Era casi milagroso. Parecían tan diferentes de como se los veía los días de semana…
