Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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Nan sintió una extraña sensación de cosquilleo en la columna vertebral al tomar el sendero. ¿Se había movido la rama del arce seco? No, ella había escapado, y estaba a salvo. Ajá, vieja bruja, ¡no me atrapaste! Caminaba por el sendero donde ni el barro ni los baches tenían poder para disminuir su entusiasmo. Unos pasos más y… la CASA TENEBROSA estaba ante ella, rodeada por esos oscuros árboles. ¡La vería al fin! Se estremeció un poquito… y no supo que era por un miedo secreto y no admitido a perder su sueño. Lo que es siempre, en la juventud o en la madurez o en la vejez, una catástrofe.

Se abrió camino por una abertura en un grupo silvestre de jóvenes abetos que cerraba el final del sendero. Tenía los ojos cerrados: ¿osaría abrirlos? Por un momento, un terror inmenso se apoderó de ella y estuvo a punto de dar media vuelta y salir corriendo. Después de todo, la Dama era malvada. ¿Quién sabía qué podía hacerle? Hasta podía ser una bruja. ¿Cómo no se le había ocurrido nunca que la Dama Malvada podía ser una bruja? Entonces, muy decidida, abrió los ojos y miró.

¿Era ésta la CASA TENEBROSA, la oscura, majestuosa mansión de sus sueños, con torres y almenas? ¡Esto!


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