Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside —Y yo no creo ni una sola palabra de todo lo que has dicho de Ingleside, Delilah Green —dijo Laura Carr.
Antes de que Delilah pudiera responder, Diana, que había recuperado la facultad del movimiento y de la palabra, entró como una tromba en el aula.
—¡Judas! —exclamó.
Después pensó, arrepentida, que no era muy digno de una señorita decir eso. Pero se había sentido herida en lo más profundo de su ser, y cuando se tienen los sentimientos convulsionados una no puede ponerse a elegir las palabras.
—¡Yo no soy judas! —barbulló Delilah, ruborizándose, probablemente por primera vez en su vida.
—¡Sí que lo eres! ¡No tienes ni una gota de sinceridad! ¡No vuelvas a hablarme mientras vivas!
Diana salió de la escuela y se fue corriendo a su casa. No podía quedarse en la escuela esa tarde… ¡no podía! La puerta de Ingleside recibió el portazo más fuerte de toda su existencia.
—Mi amor, ¿qué pasa? —exclamó Ana, interrumpida su conversación con Susan en la cocina por una hija llorosa que se arrojó como una tromba contra el pecho materno.
Toda la historia salió, algo inconexa, entre sollozos.