Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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Un punzante viento del este rezongaba alrededor de Ingleside como una vieja de mal genio. Era uno de esos días destemplados y lluviosos de fines de agosto, que le quitan a uno todo el ánimo, uno de esos días en los que todo sale mal, días que en los viejos tiempos de Avonlea se llamaban «un día de Jonás». El nuevo cachorrito que Gilbert le había traído a los chicos le había comido todo el esmalte a la pata de la mesa del comedor. Susan descubrió que las polillas habían estado de gran fiesta en el armario de la ropa de cama. El nuevo gatito de Nan había estropeado el más bonito de los helechos. Jem y Bertie Shakespeare habían estado toda la tarde armando una bulla insoportable en la buhardilla, con baldes de latón a modo de tambores. Ana misma había roto una pantalla de cristal pintado. Pero, de alguna manera, ¡le había hecho bien oír el estruendo que hizo al romperse! A Rilla le habían estado doliendo los oídos, y Shirley tenía un misterioso sarpullido en el cuello, que preocupaba a Ana pero que Gilbert apenas miró restándole importancia y diciendo que le parecía que no era nada. Claro que a él no le parecía nada. ¡Si Shirley no era más que su hijo! Tampoco le importaba haber invitado a los Trent a cenar una noche de la semana anterior y haberse olvidado de comentárselo a Ana hasta que llegaron los invitados. Ella y Susan habían tenido un día especialmente atareado y habían decidido preparar una cena fría. ¡Y la señora Trent, que tenía fama de ser la más exquisita anfitriona de Charlottetown! ¿Dónde estaban las medias de Walter, las del reborde negro y la puntera azul?


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