Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Ana dejó caer la carta. Un torrente de viejos recuerdos la inundó, algunos de ellos francamente desagradables. Christine Stuart, de Redmond, la muchacha con la que, según la gente, Gilbert había estado comprometido, la muchacha de la cual ella había estado tan terriblemente celosa; sí, ahora, veinte años después, lo admitía: había estado celosa, había odiado a Christine Stuart. Hacía años que no pensaba en Christine, pero la recordaba con toda claridad. Una muchacha alta, con una piel blanquísima, grandes ojos azules y abundantes cabellos de un negro azulado. Y un cierto aire de distinción. Pero con nariz larga… sí, francamente larga… Bonita, sí, no se podía negar que Christine había sido muy bonita. Recordaba haber escuchado hacía muchos años que Christine «se había casado bien» y se había ido al Oeste.
Gilbert entró apresurado a comer algo —había epidemia de sarampión en Upper Glen—, y Ana le entregó en silencio la carta de la señora Fowler.
—¡Christine Stuart! Claro que iremos. Me gustaría verla, para recordar viejos tiempos —dijo él, con la única demostración de entusiasmo que había dejado ver en semanas—. Pobre muchacha, ha tenido muchos problemas. Perdió al esposo hace cuatro años, ¿sabías?