Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside El niño esperado llegó demasiado pronto. Gilbert fue requerido a las nueve de la noche del lunes. Ana lloró hasta quedarse dormida y se despertó a las tres. Solía ser delicioso despertarse en medio de la noche, quedarse mirando por la ventana la envolvente belleza de la noche, oír la respiración regular de Gilbert a su lado, pensar en los niños, al otro lado del pasillo, y en el hermoso día que se acercaba. ¡Pero ahora! Ana seguía despierta cuando el alba, clara y verde como el fluoruro, estaba en el cielo del saliente, y por fin Gilbert llegó a casa. «Mellizos», dijo a secas al tiempo que se arrojaba sobre la cama y se quedaba dormido en un minuto. ¡Mellizos, caramba! El alba de tu decimoquinto aniversario de bodas y todo lo que tu marido es capaz de decirte es «mellizos». Ni siquiera se había acordado de que era el aniversario.
Al parecer, Gilbert todavía no se había acordado cuando bajó, a las once. Por primera vez no lo mencionó; por primera vez no tenía un regalo para ella. Muy bien, él tampoco recibiría su regalo. Ella lo tenía preparado desde hacía semanas: una navaja con mango de plata, con la fecha de un lado y sus iniciales del otro. Claro que él tendría que comprársela a ella, pagándole un centavo, para que no cortara el amor entre los dos. Pero como él se había olvidado, ella también se olvidaría, en represalia.
