Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Ana estaba cortando un ramo de lirios para el florero de su cuarto, y otro de las peonÃas de Susan para el escritorio de Gilbert… las peonÃas eran blanquÃsimas con motitas de un rojo sangre en el corazón, como el beso de un dios. El aire cobraba vida después del caluroso dÃa de junio, y casi no podÃa decirse si el puerto estaba color plata o color oro.
—Va a haber una hermosa puesta de sol esta tarde, Susan —dijo, asomándose por la ventana de la cocina al pasar por allÃ.
—No puedo admirar la puesta de sol hasta que no acabe de fregar los platos, mi querida señora —protestó Susan.
—Habrá terminado para entonces, Susan. Mire esa enorme nube blanca encima del Pozo, con la parte superior rosada. ¿No le gustarÃa volar hasta allà arriba y posarse en ella?
Susan se imaginó volando por encima del valle, con el paño de cocina en una mano, hasta la nube. No le gustó. Pero ahora habÃa que ser benevolente con la querida señora.
