Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside —¿Pasaste una buena velada? —preguntó Gilbert, más distraÃdo que nunca mientras la ayudaba a subir al tren.
—Ah, encantadora —dijo Ana, que sentÃa que, para decirlo con las espléndidas palabras de Jane Welsh Carlyle, «habÃa pasado la velada en el potro de los tormentos».
—¿Por qué te peinaste asÃ? —preguntó Gilbert, distraÃdo todavÃa.
—Es la nueva moda.
—Bueno, no te queda bien. Puede quedar bien para otro cabello, pero no para el tuyo.
—Ah, es una gran pena tener el cabello rojo —dijo Ana con frialdad.
Gilbert pensó que serÃa prudente abandonar un tema peligroso. Ana siempre habÃa sido un poco demasiado quisquillosa con su cabello. Además, él estaba demasiado cansado para hablar. Apoyó la cabeza contra el respaldo del asiento y cerró los ojos. Por primera vez, Ana notó el primer asomo de gris en el cabello de las sienes de Gilbert. Pero endureció su corazón.
