Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside —¿Por qué está la casa toda iluminada? —exclamó Ana, cuando llegaba con Gilbert al portón, a las once de la noche—. Habrán venido visitas.
Pero no habÃa visitas a la vista cuando Ana entró corriendo en la casa. No habÃa nadie más visible. HabÃa luz en la cocina, en la sala, en la biblioteca, en el comedor, en la habitación de Susan y en el hall de arriba, pero no habÃa señales de ningún ocupante.
—¿Qué puede…? —comenzó a decir Ana, pero fue interrumpida por el timbre del teléfono.
Gilbert contestó, escuchó un momento, lanzó una exclamación de horror y salió disparado sin siquiera una mirada hacia Ana. Evidentemente habÃa sucedido algo espantoso y no habÃa tiempo que perder en explicaciones.
Ana estaba acostumbrada a esto, como debe estarlo la esposa de un hombre que convive con la vida y con la muerte. Con un filosófico encogerse de hombros, se quitó el abrigo y el sombrero. Estaba algo enfadada con Susan, que verdaderamente no tendrÃa que haber salido dejando todas las luces encendidas y todas las puertas abiertas.
—Mi… querida… señora —dijo una voz que no podÃa ser la de Susan, pero sà lo era.
Ana miró a Susan. Susan sin sombrero, con los cabellos grises llenos de briznas de heno, y el vestido estampado sucio y descolorido. ¡Y la cara!
