Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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6

—¿Por qué está la casa toda iluminada? —exclamó Ana, cuando llegaba con Gilbert al portón, a las once de la noche—. Habrán venido visitas.

Pero no había visitas a la vista cuando Ana entró corriendo en la casa. No había nadie más visible. Había luz en la cocina, en la sala, en la biblioteca, en el comedor, en la habitación de Susan y en el hall de arriba, pero no había señales de ningún ocupante.

—¿Qué puede…? —comenzó a decir Ana, pero fue interrumpida por el timbre del teléfono.

Gilbert contestó, escuchó un momento, lanzó una exclamación de horror y salió disparado sin siquiera una mirada hacia Ana. Evidentemente había sucedido algo espantoso y no había tiempo que perder en explicaciones.

Ana estaba acostumbrada a esto, como debe estarlo la esposa de un hombre que convive con la vida y con la muerte. Con un filosófico encogerse de hombros, se quitó el abrigo y el sombrero. Estaba algo enfadada con Susan, que verdaderamente no tendría que haber salido dejando todas las luces encendidas y todas las puertas abiertas.

—Mi… querida… señora —dijo una voz que no podía ser la de Susan, pero sí lo era.

Ana miró a Susan. Susan sin sombrero, con los cabellos grises llenos de briznas de heno, y el vestido estampado sucio y descolorido. ¡Y la cara!


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