Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside —¡Qué blanca está hoy la luz de la luna! —dijo Ana Blythe para sus adentros mientras recorrÃa el sendero del jardÃn de la casa de Diana Wright, rumbo a la puerta del frente. Pequeños pétalos de capullos de cerezos caÃan, desprendidos por la brisa marina.
Se detuvo un momento para mirar las colinas y los bosques que habÃa amado en otros tiempos y que aún amaba. ¡Querido Avonlea! Glen St. Mary era ahora su lugar y lo habÃa sido ya durante muchos años, pero Avonlea tenÃa algo que Glen St. Mary no podrÃa tener nunca. Fantasmas de sà misma la esperaban en cada rincón… los campos por los que habÃa vagado le daban la bienvenida… los ecos no borrados de la dulce vida de antaño estaban alrededor… cada rincón tenÃa algún recuerdo querido. Aquà y allÃ, habÃa jardines encantados donde florecÃan todas las rosas del pasado. A Ana siempre le gustaba ir a Avonlea incluso cuando, como en esta ocasión, la razón de la visita era triste. HabÃan venido al funeral del padre de Gilbert, y Ana iba a quedarse una semana más. Marilla y la señora Lynde no se resignaban a dejarla partir tan pronto.
