Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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CAPÍTULO TRECE La senda de los transgresores

Davy y Dora estaban listos para ir a la escuela dominical. Iban solos, cosa que no sucedía muy a menudo, pues la señora Lynde asistía a ella regularmente. Pero, por culpa de una torcedura de tobillo, aquella mañana se quedaba en casa. Los mellizos debían representar a la familia en la iglesia, ya que Ana había partido la noche anterior a pasar el domingo con unas amigas en Carmody y Marilla padecía uno de sus habituales dolores de cabeza.

Davy bajó la escalera lentamente. Dora le aguardaba en el salón, muy compuesta por la señora Lynde. El niño, en cambio, se había vestido solo. Tenía un centavo en el bolsillo para la colecta de la escuela dominical y cinco centavos para la de la iglesia; en una mano llevaba su Biblia y en la otra el cuaderno; sabía perfectamente su lección, la Historia Sagrada y las preguntas del Catecismo. ¿Acaso no había estudiado (a la fuerza) toda la tarde del domingo anterior en la cocina de la señora Lynde? Por todo esto, Davy debiera haber estado con un ánimo angelical; pero, la verdad sea dicha, a pesar de la Historia Sagrada y del Catecismo, se sentía interiormente como un lobo feroz.

Cuando se reunió con Dora, la señora Lynde salió renqueando de su cocina.

—¿Te has lavado? —preguntó severamente.


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