Ana la de La Isla
Ana la de La Isla Ana estaba sentada junto a Ruby en el jardín de los Gillis. Habían estado contemplando la puesta de sol en un atardecer caluroso y húmedo de verano y el mundo parecía colmado de flores. Los tranquilos valles reposaban bajo la bruma, las sombras adornaban el bosque y los ásteres ponían su nota de color púrpura en las praderas.
Nuestra amiga había rechazado un paseo a la luz de la luna hasta White Sands para poder acompañar a Ruby esa tarde. Había pasado así muchos atardeceres de verano, aun cuando muchas veces se había preguntado por qué y a pesar de haber decidido más de una vez que no volvería a hacerlo.
La palidez de Ruby aumentaba a medida que avanzaba el estío; el propósito de ir al colegio de White Sands había sido desechado («papá no quiere que enseñe hasta pasado Año Nuevo»), y los trabajos de aguja que tanto le gustaban caían cada vez más a menudo de sus manos demasiado débiles. Pero siempre parecía alegre y esperanzada mientras hablaba de sus pretendientes, de sus rivalidades y sus dolores.
