Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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—Pero si quisieras pescar un novio, ¿cómo lo harías? Quiero saber… —insistía Davy, fascinado por el tema.

—Es mejor que lo preguntes a la señora Boulter —dijo la joven sin pensar—. Creo que ella sabe de eso más que yo.

—Le preguntaré en cuanto la vea —asintió Davy muy serio.

—¡Davy! ¡Si te atreves!… —exclamó ella comprendiendo su error.

—Pero si tú me dijiste… —protestó el niño, agraviado.

—Es hora de dormir —ordenó Ana como escapatoria.

Después de acostar al chiquillo, Ana fue hasta la isla Victoria y se sentó allí, sola, envuelta en la sutil y melancólica luz de la luna, mientras el arroyo y la brisa parloteaban alegremente. Ana siempre había amado aquel arroyuelo. Más de un sueño había enhebrado sobre sus aguas brillantes. Olvidó a sus enamorados, las habladurías de las maliciosas vecinas y todos los problemas de su juvenil existencia. En su imaginación navegó por mares lejanos que bañaban las distantes playas de los «hechizados países para enamorados» donde yacían Atlante y Elíseo, llevando como piloto a la Estrella Vespertina, rumbo a la tierra del Amor.


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