Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Una semana más y volveremos a Redmond —dijo Ana. La idea de volver al trabajo, a las clases y a los amigos de Redmond la hacía feliz. «La Casa de Patty» también era motivo de dichosos sueños. Ese pensamiento traía consigo una calurosa y placentera sensación de hogar, aunque nunca hubiera vivido allí.
Pero el verano había sido también hermoso; un período de alegre vivir, con soles y cielos y delicias diversas; un lapso en que aprendiera a vivir con más nobleza, a trabajar con más paciencia, a jugar con más corazón.
«No todas las lecciones de la vida se aprenden en el colegio», pensó; «se aprenden en todas partes».
Pero ¡ay!, la última semana de aquellas placenteras vacaciones se estropeó por uno de esos impíos acontecimientos que son como un sueño vuelto del revés.
—¿Has estado escribiendo alguno de esos cuentos últimamente? —preguntó el señor Harrison una noche en que Ana estaba tomando el té con él y su esposa.
—No —respondió Ana, algo encrespada.
