Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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—Por ahí viene el señor Harrison —anunció Davy, antes de salir corriendo—. Espero que traiga la correspondencia. Hace tres días que no llegan cartas y quisiera saber qué andan haciendo los liberales. Soy conservador, Ana. Y te aviso que hay que andarse con cuidado con los liberales.

El señor Harrison había traído la correspondencia: había alegres cartas de Stella, Priscilla y Phil, que disiparon en un momento la tristeza de Ana. También la tía Jamesina había escrito anunciando que conservaba encendido el fuego de la chimenea, que los gatos estaban bien y que las plantas crecían magníficamente.

El tiempo ha sido muy frío —decía—, de modo que permito a los gatos dormir en la casa; Rusty y Joseph sobre el sofá de la sala y Sarah a los pies de mi cama. Me acompaña mucho su ronroneo cuando me despierto por las noches y pienso en mi pobre hija que está en el extranjero. No me preocuparía mucho si no estuviese en la India, pero dicen que allí las serpientes son horribles. Hace falta todo el ronroneo de Sarah para ahuyentar este pensamiento. Tengo confianza en todo menos en las serpientes; no me explico por qué las hizo la Divina Providencia, pues no parecen obra de Dios. Me siento inclinada a creer que son obra del diablo.

Ana dejó para el final una carta breve, escrita a máquina, suponiendo que sería de poca importancia.


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