Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE Comienzan las bodas

Durante las primeras semanas que siguieron a su regreso a «Tejas Verdes», Ana tuvo la sensación de que su vida llegaba a un anticlímax. Echaba de menos la alegre camaradería de «La Casa de Patty». Durante el invierno anterior había acunado hermosos sueños, que ahora yacían rotos a su alrededor. En su disgusto actual, no podía lanzarse inmediatamente a soñar. Y entonces descubrió que si no hay nada mejor que la soledad con sueños, nada peor existe que la soledad sin ellos.

No había vuelto a ver a Roy desde la dolorosa separación en el pabellón del parque, pero Dorothy vino a verla antes de que dejara Kingsport.

—Me apena de veras que no te cases con Roy —le dijo—. Te quería por hermana. Pero tienes razón: él te aburriría terriblemente. Lo quiero y es un muchacho adorable, pero, en verdad, no es nada interesante. Aunque no lo parece, así es.

—Esto no echará a perder nuestra amistad, ¿no, Dorothy? —preguntó Ana, ansiosa.

—Desde luego que no. Eres demasiado buena para perderte. Ya que no como hermana, te seguiré teniendo como amiga. Y no te aflijas por Roy. En estos momentos se siente muy triste; tengo que oír sus quejas todos los días. Pero ya se curará. Le pasa siempre.

—Oh, ¿siempre? —dijo Ana, con un ligero cambio en su voz—. ¿Ya se ha repuesto otras veces?


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