Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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Ana se echó a reír…, y a temblar.

—Nunca podré olvidar la noche en que creía que te morías, Gilbert. Entonces lo supe y creí que era demasiado tarde.

—Pero no lo era. Amor mío, esto lo compensa todo, ¿no es cierto? Hagamos que este día sea sagrado para nosotros, por toda la felicidad que nos trae.

—Es el nacimiento de nuestra dicha. Siempre quise este jardín de Hester Gray y ahora me es más amado que nunca.

—Pero tendré que pedirte que esperes largo tiempo, Ana —dijo el joven con tristeza—. Pasarán tres años antes de que termine mis estudios de medicina. Y aun entonces no habrá diamantes ni salones.

—No los quiero —contestó ella riendo—. Sólo te quiero a ti. Ya ves que soy igual que Phil al respecto. Los diamantes y los salones son muy hermosos, pero hay más «campo para la imaginación» sin ellos. Y en lo que se refiere a la espera, no importa. Seremos igualmente felices esperando y trabajando uno para el otro y soñando. ¡Oh!, cuán dulces serán ahora los sueños.

Gilbert la acercó y la besó. Y regresaron a casa, coronados rey y reina del país del amor, por sendas a las que se asomaban las más hermosas flores que jamás vieron florecer acariciadas por la esperanza y el recuerdo.


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