Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Mañana. Me alegro de que venga; aunque significará otro cambio. Ayer, Marilla y yo limpiamos el cuarto de huéspedes. Puedes imaginarte cómo me disgustó la tarea. Mira: será una tonterÃa pero me parecÃa un sacrilegio. Ese viejo cuarto siempre fue para mà algo sagrado. De niña lo veÃa como el lugar más hermoso del mundo. Hubiera dado lo que no tenÃa por dormir en un cuarto de huéspedes, pero en el de «Tejas Verdes»… ¡oh no, allà jamás! HabrÃa sido terrible, no habrÃa pegado un ojo en toda la noche. Cuando Marilla me enviaba allÃ, no caminaba; andaba de puntillas, conteniendo la respiración, como en una iglesia y me sentÃa aliviada cuando salÃa. George Whitefield y el Duque de Wellington, uno a cada lado del espejo, me contemplaban fijamente, especialmente si me atrevÃa a mirarme al espejo, por cierto el único de toda la casa donde mi cara no se reflejaba un poco torcida. Me maravillaba que Marilla se atreviera a limpiar ese cuarto. Y ahora no sólo está limpio, sino completamente desocupado. Whitefield y Wellington han sido arrinconados en el rellano superior. «Asà pasa la gloria de este mundo» —concluyó Ana con una risa que tenÃa algo de pena—. No es agradable profanar nuestros antiguos Ãdolos, aun cuando los hayamos abandonado.
—Estaré tan sola cuando te hayas ido —se lamentó Diana por centésima vez—, ¡y pensar que te irás la semana que viene!
