Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes —Es una gran responsabilidad la que se ha tomado —dijo la dama tétricamente—, especialmente cuando nunca ha tenido práctica con criaturas. Supongo que conoce mucho sobre ella o sobre su carácter, y nunca se sabe cómo ha de resultar un chico de éstos. Pero en realidad no quiero desanimarla, Marilla.
—No me siento desanimada —fue la seca respuesta de Marilla—. Cuando me decido a hacer una cosa, me mantengo firme. Supongo que querrá usted ver a Ana. La llamaré.
Ana llegó corriendo inmediatamente, con el rostro resplandeciente por la delicia que le ocasionaban las correrÃas por la huerta; pero, sorprendida al encontrarse con la inesperada presencia de una persona extraña, se detuvo confundida junto a la puerta. Ciertamente, tenÃa una apariencia ridÃcula con el corto y estrecho vestido de lana que usara en el asilo y debajo del cual sus piernas parecÃan deslucidamente largas. Sus pecas se veÃan más numerosas e inoportunas que nunca; el viento habÃa colocado su cabello en un brillante desorden; nunca habÃa parecido más rojo que en aquel momento.