Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes —Entonces tendré que quedarme aquà para siempre —dijo Ana tristemente— porque no puedo decirle a la señora Lynde que siento haberle dicho esas cosas. ¿Cómo podrÃa hacerlo? No lo siento. Siento haberla molestado, Marilla, pero estoy contenta de haberle dicho a ella todo lo que le dije. Fue una gran satisfacción. No puedo decir que estoy arrepentida cuando no es cierto, ¿no es verdad? ¡Ni aun imaginar que lo estoy!
—Quizá tu imaginación funcione mejor por la mañana —dijo Marilla, disponiéndose a salir—. Tendrás toda la noche para considerar tu conducta y formarte una idea mejor. Tú dijiste que tratarÃas de ser buena niña si te dejábamos en «Tejas Verdes», pero debo decirte que esta noche no me lo ha parecido.
Dejando este dardo clavado en el tormentoso pecho de Ana, Marilla descendió a la cocina, confusa la mente y apenado el corazón. Estaba tan enfadada con Ana como consigo misma, porque cada vez que recordaba la sorpresa que reflejaba el rostro de Rachel, su boca se crispaba divertida y sentÃa unos enormes y reprochables deseos de reÃr.