Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes —Bueno, ÂżquĂ© te parece? —dijo Marilla. Ana estaba en su cuarto, observando solemnemente tres vestidos nuevos que se hallaban sobre la cama. Uno era de una tela de algodĂłn amarillo que Marilla habĂa comprado el verano anterior a un buhonero, tentada por lo duradera que parecĂa; otro, de raso a cuadros blancos y negros, tela que habĂa obtenido en una tienducha de compra y venta en el invierno; y el tercero, estampado en un feo azul que habĂa adquirido aquella semana en un negocio de Carmody.
Los habĂa hecho ella misma, y eran todos iguales: faldas sencillas unidas a batas sencillas con mangas tan sencillas como las batas y las faldas, y tan estrechas como pueden serlo unas mangas.
—Imaginaré que me gustan —dijo Ana juiciosamente.
—No quiero que lo imagines —exclamó Marilla, ofendida—. ¡Oh, ya veo que no te gustan! ¿Qué tienen de malo? ¿No son pulcros y limpios y nuevos?
—SĂ.
—¿Entonces por qué no te gustan?
—No son… no son… bonitos —dijo Ana de mala gana.
