Ana la de Tejas Verdes

Ana la de Tejas Verdes

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CAPÍTULO CATORCE La confesión de Ana

El lunes por la noche, ya en la semana de la excursión, Marilla bajó de su habitación con cara preocupada.

—Ana —dijo al pequeño personaje que pelaba guisantes sobre la inmaculada mesa, al tiempo que cantaba «Nelly en la cañada de los avellanos» con un vigor y una expresión que daban crédito de las enseñanzas de Diana—. ¿Has visto mi broche de amatista? Me parece que lo dejé en el alfiletero ayer tarde cuando regresé de la iglesia, pero no lo puedo encontrar por ninguna parte.

—Yo lo vi esta tarde mientras usted estaba en la Sociedad de Ayuda —dijo Ana con lentitud—. Crucé frente a la puerta y lo vi en el alfiletero, de manera que entré a mirarlo.

—¿Lo tocaste? —dijo Marilla severamente.

—Sí-í-í —admitió Ana—. Lo cogí y lo prendí a mi pecho para ver cómo quedaba.

—No tenías por qué hacerlo. Está muy mal que una niña se entrometa. En primer lugar, no debiste haber entrado en mi habitación, y en segundo lugar, tampoco debiste haber tocado un broche que no te pertenecía. ¿Dónde lo has puesto?


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