Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes Entonces Ana le miró de hito en hito. E hizo más que mirarlo. Saltó sobre sus pies, convertidas en ruinas sus brillantes fantasÃas. Fulminó a Gilbert con una indignada mirada, cuyo relámpago fue rápidamente apagado por coléricas lágrimas.
—¡Niñato mezquino y odioso! —exclamó apasionadamente—. ¡Cómo te atreves…!
Y luego, ¡paf! Ana habÃa dado con su pizarra sobre la cabeza de Gilbert, partiendo la pizarra —no la cabeza— en dos pedazos.
La escuela de Avonlea siempre gozaba con las escenas. Ésta era una muy especial. Todos dijeron «¡oh!» con horrorizada delicia. Diana emitió sonidos entrecortados; Ruby Gillis, que era algo histérica, comenzó a llorar y Tommy Sloane dejó que se le escapara todo su equipo de grillos mientras observaba la escena con la boca abierta.
El señor Phillips bajó del estrado y colocó su pesada mano sobre el hombro de Ana.
—Ana Shirley, ¿qué significa esto? —dijo encolerizado.
Ana no respondió. Hubiera sido pedir demasiado a un ser humano pretender que reconociera ante todo el colegio que la habÃan llamado «zanahoria». Fue Gilbert quien habló resueltamente.
—Fue culpa mÃa, señor Phillips. Me burlé de ella. —El maestro no prestó atención a Gilbert.