Ana la de Tejas Verdes

Ana la de Tejas Verdes

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Las niñas, que estaban en el suelo, corrieron primero y se las arreglaron para llegar a tiempo al colegio. Los muchachos, que debieron deslizarse presurosos de las copas de los árboles, llegaron más tarde, y Ana, que no hacía otra cosa que vagar por el extremo más alejado del campo, hundida en la yerba hasta la cintura cantando en voz baja, con una corona de flores en la cabeza, cual pagana divinidad de los campos, fue la última en salir. Pero la niña podía correr como una gacela, de manera que sobrepasó a los muchachos en la puerta y entró en el aula entre ellos, en el preciso instante en que el señor Phillips colgaba su sombrero.

El rapto reformista del señor Phillips había pasado; no quería molestarse en castigar a una docena de alumnos. Pero era necesario hacer algo para salvar las apariencias; de manera que buscó un «chivo expiatorio» y lo encontró en Ana, que se había dejado caer en su asiento con la respiración alterada y su olvidada corona de flores colgando cómicamente de una oreja, dándole aspecto de disolución y paganismo.





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