Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes La tarde siguiente Ana, levantando la vista de su costura y mirando por la ventana de la cocina, vio a Diana que, bajando por la Burbuja de la DrÃada, le hacÃa señas misteriosamente. En un tris Ana estuvo fuera de la casa y corrió a la hondonada con los ojos brillantes por el asombro y la esperanza. Pero la esperanza se esfumó cuando vio el afligido semblante de su amiga.
—¿Ha cedido tu madre? —murmuró.
Diana sacudió la cabeza tristemente.
—No, oh no, Ana. Dice que no puedo jugar contigo nunca más. He llorado y llorado, diciéndole que no fue culpa tuya, pero todo fue inútil. Le rogué que me permitiera venir a decirte adiós. Dijo que me concedÃa diez minutos y que iba a controlar con el reloj.
—Diez minutos no son mucho tiempo para decir un eterno adiós —dijo Ana llorando—. Oh, Diana, ¿me prometes fielmente que no has de olvidarte nunca de mÃ, la amiga de tu juventud, a pesar de los muchos amigos queridos que puedas tener?
—Sà —sollozó Diana—. Y nunca tendré otra amiga del alma. No quiero tenerla. A nadie podrÃa querer como a ti.
—Oh, Diana —exclamó Ana juntando las manos—, ¿de veras me quieres?
—Claro que sÃ. ¿No lo sabÃas?
