Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes —No llores, Diana —dijo Ana alegremente—. Sé exactamente cómo debe tratarse el garrotillo. Te olvidas que la señora Hammond tuvo tres veces mellizos. Cuando has tenido que cuidar tres pares de mellizos, es natural que poseas mucha experiencia. Todos tenÃan garrotillo regularmente. Espera a que coja la botella de ipecacuana; puede que no tengas en casa. Ahora, vamos.
Las dos pequeñas salieron, cruzaron rápidamente el Sendero de los Amantes y el campo arado, pues la nieve estaba demasiado alta para tomar por el atajo del bosque. Ana, aunque sinceramente dolorida por Minnie May, estaba lejos de hallarse insensible a la belleza del momento y a la dulzura de poder compartir una situación asà con un espÃritu gemelo.
La noche era clara y frÃa, con sombras de ébano y nieves de plata; sobre los campos silenciosos brillaban grandes estrellas; aquà y allá, los oscuros y puntiagudos pinos se erguÃan con las ramas empolvadas por la nieve y el viento silbando a través de ellas; Ana consideraba un verdadero placer cruzar toda aquella belleza junto a una amiga del alma que ha estado tanto tiempo lejos.