Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes —Bueno, temo que no —dijo Matthew, que se estaba mareando un poco. Se sentÃa igual que cuando en su temeraria juventud, otro muchacho le habÃa inducido a subir al tiovivo un dÃa que habÃan ido de merienda.
—Bueno, no importa lo que fuera, debe de ser algo muy bonito, pues ella era divinamente hermosa. ¿Ha imaginado usted alguna vez lo que debe ser sentirse divinamente hermosa?
—Bueno, no, no lo he hecho —confesó ingenuamente Matthew.
—Yo sÃ, a menudo. ¿Qué le gustarÃa ser si le dejaran elegir: divinamente hermoso, deslumbradoramente inteligente o angelicalmente bueno?
—Bueno, no lo sé con exactitud.
—Yo tampoco. Nunca puedo decidirme. Pero no tiene mucha importancia, pues no hay posibilidad de que nunca sea ninguna de esas cosas. Seguro que nunca seré angelicalmente buena. La señora Spencer dice… ¡Oh, señor Cuthbert! ¡Oh, señor Cuthbert! ¡Oh, señor Cuthbert!
Eso no era lo que habÃa dicho la señora Spencer; ni que la chiquilla se hubiera caÃdo del coche, ni tampoco que Matthew hubiera hecho algo sorprendente. Simplemente habÃan pasado una curva del camino y se encontraban en la «Avenida».