Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes —Sospecho que debes sentirte bastante cansada y hambrienta —se aventuró a decir por fin Matthew, achacando el largo silencio a la única razón que se le ocurrÃa—. Pero no tenemos que ir muy lejos; otro kilómetro nada más.
Ella volvió de su sueño con un profundo suspiro y le miró con los ojos soñolientos de un alma que ha vagado por la lejanÃa, guiada por una estrella.
—Oh, señor Cuthbert —murmuró—, ese lugar que atravesamos; ese lugar blanco, ¿qué era?
—Bueno, supongo que hablas de la «Avenida» —dijo Matthew después de una profunda reflexión—. Es un sitio muy bonito.
—¿Bonito? Oh, bonito no me parece la palabra más adecuada. Ni tampoco hermoso. No es suficiente. ¡Oh, era maravilloso, maravilloso! Es la primera vez que veo algo que no puede ser mejorado por mi imaginación. Me ha satisfecho aquà —y puso la mano sobre su pecho—, me hizo sentir dolor y sin embargo era placentero. ¿Tuvo usted alguna vez un dolor asÃ, señor Cuthbert?
—Bueno, no recuerdo haberlo tenido.