Ana la de Tejas Verdes

Ana la de Tejas Verdes

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CAPÍTULO TREINTA Y SIETE La muerte siega una vida

—¡Matthew! ¡Matthew! ¿Qué ocurre? ¿Estás enfermo?

Era Marilla quien hablaba, reflejando alarma en cada palabra. Ana atravesó el salón con las manos llenas de narcisos blancos —mucho tiempo pasó antes de que la muchacha pudiera volver a disfrutar con la vista o el perfume de los narcisos blancos—, a tiempo para escucharla y ver a Matthew de pie junto a la puerta del porche, con un periódico doblado en las manos y la cara gris con una mueca extraña. Ana dejó caer las flores y cruzó la cocina hacia él al mismo tiempo que Marilla. Ambas llegaron demasiado tarde; antes de que estuvieran a su lado, Matthew había caído sobre el umbral.

—Se ha desvanecido —dijo Marilla—. Ana, corre en busca de Martin. ¡Rápido! Está en el granero.

Martin, el mozo, que acababa de llegar del correo, salió al momento en busca del médico, deteniéndose en «La Cuesta del Huerto» para enviar al señor Barry y a su esposa. La señora Lynde, que estaba de visita, también fue. Encontraron a Ana y Marilla tratando de volver a Matthew a la conciencia.

La señora Lynde las apartó suavemente, le tomó el pulso y le puso el oído sobre el corazón. Las miró a la cara con triste expresión y lágrimas en los ojos.


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