Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes —Bueno, bueno, no llores asÃ, cariño. Eso no lo traerá de vuelta. No… no… no es bueno llorar asÃ. Yo lo sabÃa hoy, pero no podÃa evitarlo. ¡Ha sido siempre un hermano tan bueno!… Pero Dios sabe lo que hace.
—Oh, déjeme llorar, Marilla —gimió Ana—. Las lágrimas no me hieren tanto como el dolor de hoy. Quédese un ratito conmigo y abráceme, asÃ. No pude dejar quedarse a Diana; es buena y dulce; pero ésta no es su pena, está fuera de ella y no puede acercarse lo suficiente a mi corazón como para ayudarme. ¡Es nuestra pena, suya y mÃa! Oh, Marilla, ¿qué haremos sin él?
—Nos tenemos la una a la otra, Ana. No sé qué harÃa si tú no estuvieras aquÃ, si nunca hubieras venido. Oh, Ana, sé que he sido algo estricta y quizá dura contigo, pero por eso no debes pensar que no te quiero tanto como te querÃa Matthew. Quiero decÃrtelo ahora, que puedo hacerlo. Nunca he tenido facilidad para expresar lo que sentÃa mi corazón, pero en momentos como éste es más fácil. Te quiero tan profundamente como si fueras sangre de mi sangre y has sido mi alegrÃa y consuelo desde que llegaste a «Tejas Verdes».