Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes Marilla fue a la ciudad al día siguiente, regresando al atardecer. Ana había ido a «La Cuesta del Huerto» y regresó para encontrar a Marilla en la cocina, sentada frente a la mesa, con la cabeza apoyada en la mano. Nunca había visto a Marilla tan quieta.
—¿Está muy cansada, Marilla?
—Sí… no…, no lo sé —dijo Marilla lentamente, alzando la vista—. Supongo que estoy cansada, pero no había pensado en ello. No es ésa la razón.
—¿Vio usted al oculista? ¿Qué le dijo?
—Sí, le vi. Me examinó los ojos. Dice que si abandono por entero la lectura y la costura y cualquier otra clase de trabajo que canse los ojos, si tengo cuidado de no llorar y si llevo los lentes que me ha recetado, cree que mis ojos no empeorarán y se me curarán los dolores de cabeza. En caso contrario, dice que estaré completamente ciega en seis meses. ¡Ciega! ¡Ana, piensa en ello!
Ana quedó silenciosa. Le parecía que no podía pronunciar palabra. Entonces dijo valientemente, no sin un temblor en la voz.
—Marilla, no piense en eso. Le han dado esperanza. Si tiene cuidado, no perderá la vista por completo; y es muy posible que los lentes le curen los dolores de cabeza.
