Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes Con circunspección recogió las ropas de Ana, colocándolas cuidadosamente sobre una silla amarilla, y luego, cogiendo la vela, se volvió hacia el lecho.
—Buenas noches —dijo algo torpe, aunque gentilmente. El rostro pálido de Ana y sus grandes ojos aparecieron entre las sábanas con alarmante rapidez.
—¿Cómo puede usted llamar a ésta una noche buena cuando sabe que será la peor noche que pasaré en toda mi vida? —dijo con reproche. Luego se ocultó otra vez entre las sábanas.
Marilla bajó lentamente a la cocina y se puso a lavar los platos de la cena. Matthew fumaba, sÃntoma evidente de que estaba preocupado. Fumaba muy rara vez, pues Marilla lo consideraba un hábito pernicioso, pero en ciertas ocasiones y temporadas se sentÃa arrastrado a él, y entonces Marilla hacÃa la vista gorda, comprendiendo que debÃa tener un desahogo para sus emociones.
—Bueno, bonito atolladero —dijo airadamente—. Esto nos pasa por mandar decir las cosas en vez de ir nosotros mismos. De cualquier modo, los parientes de Robert Spencer han equivocado el mensaje. Uno de nosotros tendrá que ir a ver a la señora Spencer mañana; eso seguro. Esa niña debe ser enviada de vuelta al asilo.
—SÃ, supongo que sà —respondió Matthew de mala gana.
—¡Supones que sÃ! ¿No estás seguro?