Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes —¡Hum! No pareces valer gran cosa. Pero eres flaca. No sé por qué los flacos resultan mejores. Si te acojo habrás de ser buena; ya sabes, buena, pulcra y respetuosa. Espero que te ganes el sustento, no te vayas a equivocar a ese respecto. SÃ, supongo que podré desembarazarla de ella, señorita Cuthbert. El niño está terriblemente rebelde y estoy molida de atenderlo. Si usted lo desea, puedo llevármela a casa ya.
Marilla miró a Ana y se ablandó ante la vista de la pálida cara de la niña y su mirada de mudo dolor; el dolor de una indefensa criatura que se encuentra nuevamente atrapada en la trampa de la que acaba de escapar. Marilla tuvo la incómoda convicción de que si hacÃa caso omiso del ruego de aquella mirada, su recuerdo la perseguirÃa hasta la muerte. Más aún, no le agradaba la señora Blewett. ¡Entregar una criatura sensible a semejante mujer! ¡No, no podÃa cargar con la responsabilidad de ese hecho!