Ana la de Tejas Verdes

Ana la de Tejas Verdes

CAPÍTULO SIETE Ana dice una oración

Cuando Marilla llevó a Ana a la cama, le dijo firmemente:

—Escucha, Ana, he notado que anoche al desnudarte esparciste tu ropa por todo el piso. Es una costumbre muy fea y no puedo permitirla. En cuanto te quites una prenda de vestir, la doblas cuidadosamente y la colocas sobre la silla. No me agradan en absoluto las niñas que no son pulcras.

—Anoche tenía la mente tan turbada, que ni pensé en la ropa —dijo Ana—. La doblaré mejor está noche. Siempre lo hacíamos en el asilo, aunque la mitad de las veces lo olvidaba, tal era mi prisa por meterme en la cama para estar tranquila e imaginar cosas.

—Pues si has de estar aquí, tendrás que recordarlo un poco mejor —la amonestó Marilla—. Di tus oraciones y a dormir.

—Nunca rezo —anunció Ana.

Marilla la miró aterrorizada.

—Pero, Ana, ¿qué estás diciendo? ¿Nunca te han enseñado a rezar? Dios quiere que las niñas siempre digan sus oraciones antes de acostarse. ¿Sabes quién es Dios, Ana?

—«Dios es un Espíritu purísimo, infinitamente bueno, sabio, justo, poderoso, principio y fin de todas las cosas» —respondió Ana rápidamente y de forma locuaz.

Marilla se mostró algo aliviada.


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