Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes Arropó a la niña, mientras para sus adentros se hacÃa la promesa de que al dÃa siguiente le enseñarÃa una verdadera oración, y ya dejaba la habitación con la vela en la mano, cuando Ana la llamó.
—Ahora me doy cuenta. DeberÃa haber dicho «amén» en vez de «tuya sinceramente», ¿no es cierto?; asà decÃan los curas. Lo habÃa olvidado, pero me parecÃa que una oración habÃa que terminarla de alguna manera. ¿Cree que importará?
—Yo… yo creo que no —dijo Marilla—. Ahora duérmete como una niña buena. Buenas noches.
—Hoy puedo decir buenas noches con la conciencia tranquila —dijo Ana abrazándose a la almohada.
Marilla se retiró a la cocina, puso la vela sobre la mesa y dirigió a Matthew una mirada penetrante.
—Matthew Cuthbert, ya es tiempo de que alguien se haga cargo de esa niña y le enseñe algo. Es casi una perfecta pagana. ¿Quieres creer que nunca habÃa dicho una plegaria en su vida hasta esta noche? Mañana mandaré pedir a la rectorÃa el libro de religión; sÃ, eso es lo que haré. Y asistirá a la Escuela Dominical tan pronto como pueda hacerle algunas ropas apropiadas. Preveo que tendré muchÃsimo que hacer. Bueno, bueno, no podemos pretender pasar por el mundo sin nuestra carga de tribulaciones. Hasta hoy he llevado una vida fácil, pero ha llegado mi hora por fin y creo que tendré que enfrentarla lo mejor que pueda.