Ana la de Tejas Verdes

Ana la de Tejas Verdes

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—Bueno, no creo que lo hicieras intencionadamente, pero no me parece correcto hablar de esas cosas con tanta familiaridad. Otra cosa, Ana: cuando te mando a buscar algo, has de traerlo enseguida y no quedarte soñando ante los cuadros. Recuérdalo. Coge esa estampa y ven a la cocina. Siéntate en el rincón y apréndete la plegaria de memoria.

Ana colocó la cartulina contra el jarrón lleno de flores que había traído para decorar la mesa. Marilla había contemplado de soslayo aquella decoración, pero nada dijo. Apoyó la barbilla en las manos y la estudió en silencio durante varios minutos.

—Me gusta esto —anunció—. Es hermoso. Ya lo había escuchado antes; el director de la Escuela Dominical del asilo lo dijo una vez. Pero no me gustó entonces. Tenía una voz muy cascada y lo decía muy tristemente. Sentí que él consideraba rezar como un deber desagradable. Esto no es poesía, pero me hace sentir lo mismo que si lo fuera. «Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre». Suena musical. Oh, estoy tan contenta de que haya pensado en hacérmelo aprender, señorita… digo, Marilla.

—Bueno, apréndelo y cierra la boca —dijo Marilla secamente.

Ana acercó el jarrón lo suficiente como para depositar un beso en una flor y luego estudió diligentemente durante algunos momentos más.


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