Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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—Es soltero. Pero si tuviera esposa, no creo que pudiera hacerle quebrar su voto. Los Elliott han sido siempre más obcecados de lo normal. Alexander, hermano de Marshall, tenía un perro a quien quería mucho y cuando murió, el hombre quería enterrarlo en el cementerio «junto con los otros cristianos», decía. Claro que no se lo permitieron, de modo que lo enterró al lado del cementerio, junto al muro, y jamás volvió a pisar la iglesia. Pero los domingos llevaba a su familia a la iglesia, se sentaba junto a la tumba del perro y leía la Biblia todo el tiempo que duraba el sermón. Dicen que cuando estaba agonizando le pidió a su esposa que lo enterrara al lado del perro. Ella era muy paciente pero ante eso se puso furiosa. Dijo que ella no iba a ser enterrada al lado de ningún perro, y que si él quería que el lugar de su último reposo fuera junto al perro y no junto a ella, que lo dijera. Alexander Elliott era tan cabezota como una mula, pero quería a su esposa, así que cedió, y dijo: «Bien, caramba, entiérrame donde quieras. Pero cuando suene la trompeta de Gabriel, espero que mi perro se levante con todos nosotros, porque tenía tanta alma como cualquier maldito Elliott o Crawford o MacAllister que haya pisado esta tierra». Ésas fueron sus últimas palabras. En cuanto a Marshall, todos estamos acostumbrados a él, pero a los que no lo conocen debe de parecerles muy extraño. Yo lo conozco desde que tenía diez años, ahora tendrá unos cincuenta, y me cae bien. Él y yo hemos ido a pescar bacalao. Es casi para lo único que sirvo ahora, para pescar truchas y bacalao de vez en cuando. Pero no siempre fue así, no, señor. Solía hacer otras cosas, como podrían comprobar si vieran mi libro de la vida.


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