Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos —Estoy segura de que sà —dijo Ana—. Y por favor, no me creas horriblemente irresponsable porque me viste bailando en la costa al atardecer. Ya adquiriré dignidad con el tiempo. ¿Sabes? No hace mucho que me he casado. Me siento como una muchacha y a veces como una niña, todavÃa.
—Yo me casé hace doce años —dijo Leslie. He aquà otra cosa increÃble.
—Pero ¡no puedes tener la misma edad que yo! —exclamó Ana—. SerÃas una niña cuando te casaste.
—TenÃa dieciséis años —dijo Leslie. Se puso en pie y recogió el sombrero y la chaqueta que tenÃa a su lado—. Ahora tengo veintiocho. Bien, debo irme.
—Yo también. Gilbert ya estará en casa. Pero me alegro mucho de que las dos hayamos venido a la costa esta noche y nos hayamos conocido.
Leslie no dijo nada y Ana se sintió un poco molesta. HabÃa ofrecido su amistad con toda franqueza y no la habÃan aceptado con mucho donaire, por no decir que se la habÃan rechazado directamente. Subieron los acantilados en silencio y atravesaron un campo de pastoreo donde los pastos silvestres, pálidos y livianos, eran como una alfombra de terciopelo color crema a la luz de la luna. Cuando llegaron al camino de la costa, Leslie se volvió.
—Voy por este lado, señora Blythe. Vendrá pronto a verme, ¿no?